
La sanación del trauma sucede a través del cuerpo
El origen de la mayoría de nuestro sufrimiento es consecuencia de las experiencias traumáticas que vivimos en la infancia y la adolescencia. Experiencias dolorosas que no pudimos procesar, completar e integrar, y muchos años después siguen condicionando nuestra vida y nuestras relaciones. Algunas situaciones vividas tal vez las recuerdes, pero probablemente otras las has olvidado.
Cuando tenemos síntomas de shock y trauma en nuestra vida cotidiana (disociación, ansiedad, bloqueos, temores, baja autoestima, patrones repetitivos, adiciones, resentimiento, reactividad, etc.), solemos creer que necesitamos saber exactamente que nos ocurrió en el pasado para poder superarlo. Pero tal vez nunca recordemos algunos eventos, porque al experimentar un shock (una situación abrumadora) a menudo nos disociamos; o sea, para protegernos, nuestro sistema nervioso provocó una desconexión en el organismo cuerpo-mente-emociones.
Obsesionarse con saber que sucedió
puede ser desesperante, inútil; no te ayudará
Es humano y comprensible que quieras saber qué te sucedió, pero para curarte y liberarte del pasado no es necesario recordar lo que pasó. ¡Han pasado tantas cosas en nuestra vida! Tu mente ta vez lo ha olvidado, pero tu cuerpo –tu sistema nervioso– lo recuerda y ante ciertas situaciones reacciona.
Lo que te ayudará es darte cuenta cuando estás muy activado/a o disociado/a, o que en determinados contextos te congelas (te bloqueas). Basta con reconocer los síntomas para entender que hay una activación y abordar la situación adecuadamente.

La sanación no requiere recordar el origen del trauma,
requiere que tu cuerpo pueda completar algo
La sanación no requiere recordar el origen del trauma, requiere que tu cuerpo pueda completar algo, hacer aquello que no pudo hacer: tal vez necesita descongelarse llorando o expresando algunas emociones que no pudieron ser expresadas; tal vez necesitas reír, jugar, bailar, recuperar tu vitalidad, tu sensualidad o tu espontaneidad; tal vez necesitas expresar ira, rabia y furia: gritar, patalear, golpear, sentir que puedes defenderte ante la invasión, el abuso o el maltrato; tal vez necesitas recuperar la conexión con tu poder, con alguna parte de tu cuerpo o con tu energía sexual; o tal vez necesita reconectar con tu corazón.
La sanación del trauma no sucede pensando —aunque conocernos y comprendernos ayuda—, sino que sucede a través del cuerpo. Porque el trauma está en el cuerpo. Por eso, cuando estamos traumatizados vivimos en la cabeza. Es una forma de protegernos. Tenemos la tendencia a estar constantemente en la mente, a comernos el coco, a desconectarnos del cuerpo y el corazón, a darle vueltas y más vueltas al asunto y quedarnos atrapados en una historia mental.
Cuando estamos traumatizados vivimos en la cabeza;
es una forma de protegernos
No te juzgues por ello, nadie te ha enseñado a salir de ese bucle mental; de hecho, te han empujado a él. La sociedad te ha traumatizado y, en lugar de ayudarte a descargarte, a completar la experiencia, te lo ha puesto muy difícil. Ha ignorado o minimizado tu sufrimiento, te ha culpabilizado por ser vulnerable, te ha presionado de mil formas para que no te escuches, te ha juzgado cuando has sido auténtico/a, te ha avergonzado por ser como eres: «No seas tan sensible», «No seas infantil», «No exageres», «Compórtate», «Contrólate», «No te quejes», «Cállate», «No llores», «Sé fuerte», «No molestes», «No seas nenaza», «No seas histérica»…
Para completar y liberarnos de las secuelas de una experiencia traumática (de un abuso, una invasión, un rechazo, una experiencia de abandono o maltrato) el cuerpo necesita poder hacer o expresar lo que no pudo hacer en su momento.
¿Por qué no pudimos completar la experiencia en el pasado? Porque en muchas familias y entornos sociales las descargas energéticas no se permiten. Las expresiones emocionales intensas son consideradas una falta de respeto, de madurez, incluso una ofensa. «¡Cállate, deja de lloriquear o te castigaré!».

Cuando los progenitores han vivido toda la vida reprimiéndose, exigen a sus hijos que se repriman. Desde muy pequeños los educan para la represión. Les trasmiten la idea de que expresar las emociones es infantil, mientras que reprimirse es un signo de madurez. Y cuando no lo hacen los castigan y los culpabilizan por su mal comportamiento.
En muchos entornos las descargas naturales
necesarias para la autorregulación no se permiten
El menor aprende pronto la lección: no está permitido descargarse, es peligroso; expresar su energía conlleva juicios, menosprecio, humillación, castigos. De esta forma el niño/a pierde la espontaneidad, la capacidad natural de descargarse y autoregularse y aprende a encapsular sus emociones, a tragarse su dolor, a controlarse, a ser fuerte, a disfrazarse y a guardar dentro todo aquello que no está permitido expresar.
Cuando sea adulto habrá acumulado tanto dolor, tanto resentimiento, tantas emociones no expresadas en su interior que sentirá mucho malestar y ansiedad. ¿Cómo se puede vivir en paz cargando una mochila tan pesada? Vivir con tanta carga emocional es muy conflictivo, estresante, agotador. El sistema nervioso está constantemente en estado de alerta, sujetándose, controlándose, reprimiéndose. Pero es imposible contener el volcán, de una u otra forma aquello que está reprimido dentro buscará una salida.
Cuando nuestra energía no puede expresase conscientemente, la proyectamos en algo o alguien. Proyectar es un mecanismo inconsciente, funciona como una válvula de escape para desahogarnos. Pero proyectando no nos liberamos del trauma; de hecho, al proyectarlo generamos más sufrimiento, para nosotros mismos y para los demás.
El problema de haber crecido en un entorno represivo es que necesitas desesperadamente vaciar lo que has acumulado dentro; pero no puedes hacerlo conscientemente, porque has sido entrenado/a a controlarte, a sujetarte, a mantener las apariencias, y la posibilidad de perder el control te asusta. A menudo, cuando intentas conectar y expresar tu energía o tus emociones, te disocias, te congelas o te bloqueas. Es normal, porque el mensaje que el sistema nervioso recibió y aprendió es: «Si pierdes el control serás rechazado, humillada, castigado». Y aunque la persona adulta quiere descargarse, el sistema nervioso no lo permite.

A través del ejercicio físico, la terapia, la meditación y la creatividad,
podemos crear espacios conscientes de descarga y autoregulación
Cuando alguien empieza a hacer terapia, al principio tiene muchas dificultades para abrirse, para conectar con sus emociones reprimidas, para confiar, para sentir y expresar lo que necesita ser sentido y expresado. Para compartir aquello que le duele, le quema o le avergüenza. Es normal, desde niño/a ha sido entrenado a juzgarse, a rechazar su energía, a no escuchar sus necesidades, a no confiar en su cuerpo, a no expresar su verdad, a controlarse y mantener las apariencias, a cubrir su dolor con una coraza y unas máscaras.
Se necesita mucha paciencia y compasión hacia uno mismo/a para que, poco a poco, paso a paso, nuestro sistema nervioso pueda confiar, atreverse a soltar el control; para que el niño o la niña traumatizada, asustada y avergonzada que habita en nuestro corazón se sienta invitada y apoyada a salir de su cueva y expresar su dolor, su energía, su verdad.
Extracto del libro: 'Sanar el corazón'.
Despertar el maestro interior
y sanar las heridas emocionales.
Ketan Raventós Klein
- Ediciones Gaia -