
El impacto del niño interior herido en la vida de la persona adulta
A medida que nos vamos conociendo y vamos entrando en contacto con nuestra realidad interna, descubrimos que, debajo del discurso y el personaje que hemos creado para adaptarnos al mundo, hay mucha sensibilidad, dolor y desconfianza, un ser muy tierno y delicado con mucha hambre de amor. Debajo de la coraza que hemos creado para adaptarnos a la sociedad, podemos reconocer que hay un niño, una niña, herida. A veces, un ser traumatizado por las circunstancias que le tocó vivir.
La historia emocional de cada niño/a es única; tal vez esa niña o ese niño se sintió abandonado emocionalmente; no le dieron el amor, el reconocimiento, el respeto, el apoyo o la valoración que necesitaba; o le negaron el derecho a ser auténtico/a y le obligaron a reprimir su naturaleza y su individualidad, a rechazarse y avergonzarse de sí mismo, a adoptar un modelo o unos roles para ser aceptado, para adaptarse a las exigencias familiares; o su energía se congeló, consecuencia de los juicios, la presión, la invasión y las expectativas del entorno; o sufrió maltratos o abusos de algún tipo que han dejado profundas secuelas en su sistema nervioso.
En nuestro interior sigue vivo el niño o la niña que fuimos
Aunque somos personas adultas, con una formación, una experiencia de la vida, una mente racional y práctica, independientes, capaces de cuidar de nosotros mismos, y hemos experimentado y aprendido en muchos entornos diferentes, también somos seres emocionales, profundamente condicionados por las experiencias de nuestra infancia. De alguna manera, en nuestro interior sigue vivo el niño o la niña que fuimos.
No se trata de empequeñecernos, ni de ignorar o devaluar la persona adulta que somos, los logros que hemos conseguido y el talento o las cualidades que hemos desarrollado, sino de ser conscientes de la totalidad de nuestro ser, de reconocer que dentro de nosotros convive una persona adulta, con un sistema nervioso muy sensible, un cuerpo emocional que alberga memorias traumáticas y un anhelo profundo de amor, libertad y autenticidad que tal vez no pudo desplegarse totalmente.
Dentro de cada uno de nosotros vive un niño o una niña que arrastra unos temores, unas heridas, unas carencias, unos condicionamientos que determinan cómo nos sentimos, cómo vemos el mundo y cómo nos relacionamos con él. De poco sirve que nuestra mente diga: «Hay que ser positivo», «No hay que tener miedo», «Cree en ti», «Fluye» o «No pasa nada» cuando nos sentimos estancados o deprimidos, repitiendo patrones dolorosos, cuando no sabemos quién somos ni que queremos y el malestar interior consume nuestra energía; cuando nuestra relación de pareja no funciona; cuando nos quedamos sin trabajo o los conflictos con el entorno nos sobrepasan; o cuando estamos en shock ante una situación que nos bloquea.
Para entender lo que sentimos y lo que nos sucede
al interaccionar con la vida, necesitamos sentir, conocer
y responsabilizarnos de nuestro niño/a interior,
del universo emocional que albergamos.
Pero generalmente hay una gran resistencia a entrar ahí, porque rechazamos el contacto consciente con nuestro niño/a interior herido. Negamos, minimizamos o reprimimos el dolor, o directamente lo evitamos diciéndonos: «Yo no tengo heridas emocionales, todo eso está superado».
¿Es real afirmar que todas las experiencias traumáticas de nuestra infancia están sanadas? Una cosa es no querer recordar, sentir y revivir el dolor que generaron ciertas experiencias traumáticas —algo comprensible y perfectamente legítimo—, y otra cosa distinta es que no estén condicionando tu vida.
A medida que nos vamos conociendo y adentrando en nuestro universo interior, descubrimos que tenemos unas heridas emocionales, generadas en la infancia y la adolescencia, que han dañado nuestra confianza y autoestima. Secuelas de unas experiencias traumáticas no integradas que condicionan la visión que tenemos de nosotros mismos y de la vida, que a menudo sabotean el amor propio, el desarrollo de nuestro potencial, la relación con los demás y los vínculos de intimidad.

¿Por qué ignoramos, evitamos o rechazamos a nuestro niño/a interior?
El rechazo o la resistencia a acercarnos a ese niño/a interior herido es normal, porque le culpabilizaron y avergonzaron por ser como es. Consecuencia de las experiencias traumáticas y la educación recibida, la persona adulta que somos todavía cree que ese niño o esa niña no es como debería ser. Y no solamente nos avergonzamos de él o de ella, sino que a menudo le culpabilizamos y le castigamos por ser como es.
Esta historia de rechazo y autocastigo, de juzgar y culpabilizar a tu niño o a tu niña interior herida por ser como es, por no haber sabido hacer las cosas de otra forma, tiene que concluir. Pero, para iniciar un proceso de sanación, tendrás que abrir los ojos y el corazón a la realidad, al dolor, a la soledad, a la inocencia, a la fragilidad y el desamparo de tu niño/a interior.
"El niño nunca muere, nada nunca muere. El niño está siempre presente, está solamente cubierto de la adolescencia, después de la juventud, más delante de la madurez y finalmente la vejez…, pero el niño está siempre presente. Si vas a la profundidad de tu ser, encontrarás a este niño inocente… y contactar con este niño es terapéutico."
Osho
Cuando las experiencias traumáticas se repiten
Las personas que no han vivido un proceso de revisión y sanación profundo normalizan el maltrato a su niño/a interior, recreando inconscientemente aquello que les hirió. Simplemente repiten, una y otra vez, lo que vivieron en su infancia: si crecieron en un entorno de mucha presión y exigencia, se juzgan y se presionan constantemente; si se sintieron solos y abandonados emocionalmente, no se escuchan, no se valoran, no se quieren; si no pudieron expresar su ser auténtico, no se permiten ser espontáneos ni auténticos; si fueron avergonzados y humillados, se desprecian y se avergüenzan de sí mismos; si fueron abusados o maltratados, reproducen situaciones abuso y maltrato, si crecieron en un ambiente sin amor y respeto, no sienten respeto hacia sí mismos e internamente sienten que no merecen amor.
El drama del niño/a interior herido no es solamente
lo que le sucedió, es que, cuando ignoramos, minimizamos,
negamos o reprimimos su dolor, más tarde –de adultos–,
repetimos y recreamos los mismos escenarios traumáticos.
No abordar conscientemente nuestro universo interior nos acoraza, nos desconecta de nuestra naturaleza esencial, nos impide crecer en amor y confianza y desarrollar nuestro potencial. Las heridas no integradas de nuestro niño/a interior tienen un profundo impacto en nuestra vida: generan ansiedad, sufrimiento, sentimientos de soledad, abandono, vergüenza y desvalorización, adicciones, repetición de patrones dolorosos, relaciones conflictivas, vínculos de codependencia.
Cómo dejar de recrear las experiencias traumáticas
Para emprender un proceso de sanación, dejar de sufrir y de recrear experiencias traumáticas, necesitamos conocer nuestras heridas emocionales y responsabilizarnos. O sea, hacernos cargo de ese niño o esa niña herida que habita en nuestro interior: escucharlo, respetarla, validarlo, abrazarla, cuidarla, darle aquello que le faltó para ayudarle a confiar y sanar las heridas de su corazón.
Contactar con nuestro niño/a interior al principio nos puede incomodar mucho, porque significa contactar con carencias, invasiones, dolor, vergüenza, miedo, shock, rabia, impotencia; y eso hace que a veces juzguemos, menospreciemos y maltratemos esa parte insegura y vulnerable que habita en nuestro corazón. Pero el reencuentro con nuestro niño/a interior no solamente nos conecta con nuestras heridas, también nos aporta frescura, vitalidad, inocencia, espontaneidad, autenticidad, juego, risa, ternura, curiosidad, capacidad de asombro, aprendizaje, o sea, las cualidades que tenías antes de ser condicionado/a negativamente por la sociedad.
A medida que nos abrimos a sentir, escuchar y apreciar a nuestro niño/a interior, y aprendemos a validar sus necesidades y a brindarle el respeto y el cariño que le faltó, poco a poco, empezamos a experimentar una transformación. En lugar de vivir en estado de alerta y desconfianza, huyendo de nosotros mismos, reaccionando compulsivamente, victimizándonos, acorazándonos o anestesiándonos, desarrollamos una mirada, una comprensión y una presencia amorosa que nos sostiene y acompaña ante a los desafíos y las experiencias dolorosas de la vida.
Extracto del libro: 'Sanar el corazón'.
Despertar el maestro interior
y sanar las heridas emocionales.
Ketan Raventós Klein
- Ediciones Gaia -