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La alquimia del corazón

Ver, tocar, escuchar y curar corazones heridos es mi vida. Desde hace veinticuatro años me dedico a acompañar e inspirar a personas, parejas y grupos en procesos de sanación y autodescubrimiento, facilitando espacios de encuentro, meditación e introspección. Aunque a simple vista lidiar con el sufrimiento humano pueda parecer una labor incómoda, no es lo que parece; presenciar la liberación y la transformación de un ser humano es una experiencia extraordinaria.

En mi vida diaria trato con todo tipo de personas. Algunas están viviendo un momento de crisis, mientras que otras llevan toda la vida en crisis. El elemento común de todas ellas es un corazón herido y un anhelo profundo de amor, libertad y paz interior. 

Cuando estoy con una persona o un grupo de personas y puedo sentirlos y escucharlos, de forma natural surge una sincronicidad que facilita que aquello que necesita ser compartido suceda. No es algo que hago; es más bien algo que sucede cuando mi corazón se abre. De repente, los corazones de las personas que me acompañan se abren y algo maravilloso empieza a suceder. 

La primera vez que presencié este milagro fue hace más de treinta años. Estaba sentado en una sala de meditación en un ashram de la India, con un grupo de 30 personas de todo el mundo. Aquello era algo muy nuevo para mí, no sabía lo que iba a suceder. Se respiraba un ambiente tranquilo y relajado, pero poco a poco el encuentro se fue transformado en un espacio de apertura, honestidad e intimidad desconocido para mí. 

No recuerdo los detalles; lo que recuerdo es lo mucho que me impactó cómo personas que no conocía de nada se desnudaban ante mis ojos y yo podía ver su alma, y el efecto que eso producía en mí. Aquellas personas mostraban sus temores, sus heridas, sus anhelos, su pasión y su vulnerabilidad con una valentía, una transparencia y una dignidad que jamás había visto. Nunca había presenciado nada parecido. Ni siquiera había imaginado que eso era posible. 

Me maravillaba y me conmovía contemplar el alma desnuda de aquellos seres humanos. Apenas les conocía, eran hombres y mujeres de distintos países, con recorridos y experiencias vitales muy dispares, pero mostraban algo que me acercaba íntimamente a ellos. Fue sobrecogedor y muy revelador. Sin embargo, yo permanecí en silencio, conmovido ante lo que estaba presenciando, sin poder abrir la boca. No me sentía preparado para compartir mi verdad; sentía una opresión muy intensa en el pecho y la mera posibilidad de exponerme me aterrorizaba.

Toda mi vida había sido un esfuerzo para protegerme, para ocultar el dolor que había en mi corazón, para sobrevivir en un entorno muy inconsciente, juicioso y represivo, donde no te quedaba más remedio que acorazarte y disfrazarte para no quedar excluido. Había aprendido a enmascarar mi dolor, a reprimir, a pretender, a agradar, a complacer, a competir, a seducir, a manipular; había aprendido todo lo necesario para sobrevivir, pero desconocía la extraordinaria belleza de la honestidad, la transparencia, la libertad y la autenticidad que acababa de presenciar. 

En aquel encuentro presencié tanto amor, tanta verdad y tanta intimidad que algo empezó a derretirse en mi corazón,  igual que un trozo de hielo se derrite cuando lo sacas del congelador. Ese día descubrí que había otra realidad y otra forma de vivir, y me enamoré perdidamente de ella. Recuerdo que mi corazón me susurró: «Si la gente pudiera ver lo que acabas de presenciar, el mundo sería diferente». Aquello que acababa de vivir era alquímico, la persona que salía de aquella sala no era la misma que había entrado. Aunque yo no me había atrevido a compartir nada, lo que había presenciado me había tocado profundamente, me había mostrado el alma y el potencial del ser humano. 

Jamás me habría imaginado lo que esa experiencia desencadenaría, y mucho menos que un día yo crearía estos espacios, que estos encuentros alquímicos se convertirían en mi vocación, que aquello que había experimentado lo compartiría con miles de personas. No fue algo que yo había planeado; empezó a suceder naturalmente, diez años después de aquella primera experiencia. Diez años en los que viví retirado, mayoritariamente en la India, dedicado a la meditación, la introspección y la sanación de mi corazón.

Hoy día, compartir cara a cara, íntimamente, es parte de mi vida diaria, sucede naturalmente. Sin embargo, hacerlo a través de un texto, tratando unos temas tan delicados, sin ver y sentir la situación y las necesidades de la persona que me está leyendo, me resulta más difícil. Como no te veo, ni me has expresado tus necesidades, intentaré crear un espacio de encuentro donde poder reconocernos y adentrarnos juntos en los paisajes del corazón.

Aunque no te conozco, ni tampoco conozco tus circunstancias personales, la experiencia de estos años me ha mostrado que todos los seres humanos, independientemente de nuestro origen, nuestra individualidad, nuestro talento y nuestras circunstancias, tenemos una historia y una biografía emocional, y que, debajo de la personalidad que hemos creado para adaptarnos a nuestro entorno, hay unas heridas, unos temores, unos anhelos.

He tenido la suerte de conocer, escuchar y compartir con corazones de todas las edades, orígenes, razas, religiones y condiciones humanas: hombres y mujeres, profesionales competentes, artistas, trabajadores, empresarios, hippies, profesores, estudiantes, funcionarios, yoguis, meditadores, chamanes, trotamundos, amas de casa, pensionistas, seres espirituales, rebeldes, intelectuales, ateos y maestros de muchas disciplinas, y aunque cada ser es único e incomparable, las heridas, los temores y los anhelos de nuestros corazones son muy parecidos. 

Lo presencio a diario, desde aquel día en que un grupo de desconocidos se desnudaron ante mí y sin querer me confrontaron con el dolor de mi corazón. Y aunque en ese momento no me sentía preparado para salir de mi madriguera, aquella experiencia me impulsó a embarcarme en la mayor aventura de mi vida, un viaje que ha transformado mi forma de ver, sentir y estar en el mundo.

En estos años he descubierto muchas cosas. La primera es que, cuando un ser humano anhela sanar su corazón, la vida le ayuda; nos trae las personas, los libros, las situaciones y las experiencias que necesitamos para abrir el corazón. Es maravilloso e inexplicable cómo eso sucede, cómo nuestra alma se siente misteriosamente atraída hacia aquello que necesita experimentar para despertar. Y he presenciado que puede suceder de infinitas formas, que el corazón solamente necesita sentirse visto e invitado. Y que cuando eso sucede, el propio corazón encuentra su camino.

El propósito de este libro es invitar a tu corazón a que salga de su madriguera, para que su Luz pueda brillar. No te voy a pedir que creas nada de lo que comparto, ni que hagas nada que no quieras hacer, al igual que aquel día nadie me pidió nada, nadie me pidió que me desnudase, nadie me hizo sentir menos por no poder compartir mi verdad. El amor y la presencia acogieron mi temor con la misma compasión y dulzura con la que acogían el dolor de todos los que estábamos presentes. No hay nada que forzar ni nada que empujar. Cuando llega el momento, todo sucede naturalmente. 


Extracto del libro: 'Sanar el corazón'.
Despertar el maestro interior 
y sanar las heridas emocionales.

Ketan Raventós Klein
- Ediciones Gaia -

Foto: Ketan  (India 1991)

 

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